Alexander Fleming: Del Páramo Escocés al Descubrimiento de la Penicilina
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Grandes Personajes

Alexander Fleming: Del Páramo Escocés al Descubrimiento de la Penicilina

Existe una frase célebre atribuida a Louis Pasteur que resume con precisión la trayectoria de quienes transforman el curso del conocimiento: “El azar solo favorece a las mentes preparadas”. Pocas vidas ilustran este principio con tanta claridad como la del médico y bacteriólogo escocés Alexander Fleming (admirado por su capacidad de observación ante lo imprevisto y por su decisión ética de no patentar la penicilina para mantenerla accesible a todos).

A menudo, la cultura popular simplifica el hallazgo de la penicilina como un mero descuido fortuito en un laboratorio londinense. Sin embargo, reducir la obra de Fleming a la casualidad ignora lo más valioso de su biografía: una infancia de privaciones forjada en la austeridad rural escocesa, años de trabajo como modesto oficinista y una profunda convicción moral que lo llevó a rechazar cualquier beneficio económico derivado de su descubrimiento.


Los orígenes humildes: La granja de Lochfield

Alexander Fleming nació el 6 de agosto de 1881 en Lochfield, una granja remota y austera situada entre los páramos de Darvel, en el condado de Ayrshire (Escocia). Fue el tercero de los cuatro hijos del segundo matrimonio de su padre, Hugh Fleming, un modesto agricultor arrendatario que falleció cuando Alexander tenía apenas siete años.

La muerte prematura del padre dejó a la familia en una precaria situación de subsistencia, sostenida con enorme sacrificio por su madre, Grace Stirling Morton, y su hermanastro mayor Tom.

Durante su niñez, el futuro científico aprendió a observar la naturaleza no en libros de lujo, sino caminando diariamente más de seis kilómetros y medio de ida y vuelta a través de valles húmedos y turberas para asistir a la escuela rural de Louden Moor y, más tarde, a la Academia de Kilmarnock. Aquel entorno agreste afinó en el joven Fleming una paciencia inusual, un silencio reflexivo y una agudeza visual innata para captar las anomalías del mundo natural.


El oficinista de Leadenhall Street y la herencia providencial

A los trece años, ante la imposibilidad económica de la familia para financiarle estudios superiores, Fleming debió abandonar Escocia y marchar a Londres junto a sus hermanos.

Lejos de ingresar inmediatamente a las aulas universitarias, pasó cuatro duros años trabajando como oficinista en una compañía de envíos marítimos (shipping office) en Leadenhall Street, llevando registros contables y facturas de carga de carbón para aportar un jornal a la economía doméstica.

El punto de inflexión llegó en 1901, al cumplir veinte años: su tío John Fleming falleció y le legó una modesta suma de 250 libras esterlinas. Animado por su hermano Tom (quien con inmensos sacrificios se había formado como médico oftalmólogo), Alexander empleó aquel dinero para costearse la preparación de los exámenes nacionales de ingreso médico.

Fleming obtuvo la calificación más sobresaliente del Reino Unido entre los aspirantes a becas y, al poder elegir cualquier centro universitario de Londres, optó por el St. Mary’s Hospital en Paddington por una razón sumamente mundana: tiempo atrás había jugado un partido de waterpolo contra su equipo.


El tirador del club de rifle y la bacteriología

En 1906, tras graduarse con honores, Fleming planeaba especializarse en cirugía. No obstante, su destino volvió a dar un giro inesperado debido a una peculiar habilidad: era un tirador de élite en el Club de Tiro con Fusil del Regimiento de Voluntarios Escoceses de Londres.

El subdirector del Laboratorio de Inoculación del St. Mary’s, John Freeman, temía que si Fleming dejaba el hospital para ejercer como cirujano en otra institución, el equipo de tiro del hospital perdería a su mejor competidor. Para retenerlo, convenció al director del departamento, el célebre inmunólogo Sir Almroth Wright, de contratar a Fleming como asistente de investigación en bacteriología. Fleming jamás abandonaría aquel laboratorio.


La herida de la Gran Guerra: El nacimiento de una obsesión

Entre 1914 y 1918, durante la Primera Guerra Mundial, Fleming sirvió como capitán en el Real Cuerpo Médico del Ejército Británico en Boulogne-sur-Mer, en el frente occidental francés.

Allí presenció a diario la agonía de miles de soldados que no morían por el impacto inmediato de la metralla, sino consumidos días después por infecciones sépticas provocadas por bacterias como Staphylococcus, Streptococcus y los bacilos de la gangrena gaseosa.

El protocolo médico estándar consistía en lavar las heridas abiertas con antisépticos químicos cáusticos (ácido fénico, hipoclorito). Mediante rigurosos experimentos de laboratorio, Fleming demostró que estos compuestos hacían más daño que bien: destruían los leucocitos sanguíneos del propio organismo mucho más rápido de lo que erradicaban a las bacterias protegidas en los tejidos profundos. Aquella experiencia forjó su obsesión de por vida: encontrar un agente letal para los patógenos, pero inocuo para las células humanas.

En 1921 dio un primer paso fundamental al descubrir la lisozima, una enzima antimicrobiana natural presente en las lágrimas y la saliva, confirmando que el cuerpo albergaba sus propias defensas antibacterianas.


Septiembre de 1928: “That’s funny”

A finales del verano de 1928, de regreso a su abarrotado laboratorio del St. Mary’s tras unas vacaciones familiares en Suffolk, Fleming se dispuso a examinar unas placas de Petri donde cultivaba Staphylococcus aureus que habían quedado apiladas sobre la mesa de trabajo.

En una de las placas observó una colonia contaminante de moho ambiental. Pero lo insólito no era la presencia del hongo, sino lo que sucedía a su alrededor: las colonias de estafilococos en contacto con el moho se habían vuelto transparentes, disueltas activamente por lisis celular. Lejos de dramatismos teatrales, Fleming miró la muestra, se la enseñó a su colega Merlin Pryce y murmuró su histórica frase:

“That’s funny…” (Qué curioso…)

Fleming identificó el moho como una cepa de Penicillium (posteriormente reclasificada como Penicillium notatum, hoy Penicillium rubens) y bautizó al caldo activo con el nombre de penicilina.


La epopeya de Oxford y la producción masiva

Fleming publicó su hallazgo en 1929 en el British Journal of Experimental Pathology. No obstante, como bacteriólogo carecía de las herramientas de química orgánica para purificar y estabilizar una molécula tan inestable. Durante una década conservó celosamente sus cepas vivas, distribuyéndolas a cualquier colega que deseara investigarla.

El testigo decisivo lo tomaron a finales de los años 30 en la Universidad de Oxford el patólogo australiano Howard Florey, el bioquímico judío-alemán Ernst Boris Chain y el diseñador Norman Heatley. Financiados por la Fundación Rockefeller y en plena Segunda Guerra Mundial, lograron purificar la penicilina y escalar su producción masiva en Peoria (Illinois), permitiendo tratar a cientos de miles de heridos aliados a partir de 1944.


Grandeza ética: Una medicina para la humanidad

En 1945, Alexander Fleming, Howard Florey y Ernst Chain recibieron conjuntamente el Premio Nobel de Fisiología o Medicina.

Fue en su consagración donde las raíces de aquel muchacho de Lochfield brillaron con más fuerza. Aunque la penicilina se convirtió de inmediato en la industria farmacéutica más lucrativa del mundo, Fleming se negó categóricamente a patentar el fármaco o percibir regalías personales:

“Yo no inventé la penicilina; la naturaleza la creó. Yo únicamente la encontré.”

Consideraba un deber moral inquebrantable que un remedio capaz de salvar a millones del dolor y la muerte estuviera al alcance de todos sin barreras económicas.

Asimismo, en su discurso de aceptación del Nobel de 1945, lanzó una advertencia profética que hoy define la medicina contemporánea: anticipó que el uso desmedido, irresponsable y con dosis bajas de penicilina “educaría” a los microbios para volverse resistentes, prediciendo con ocho décadas de anticipación la crisis global de las superbacterias resistentes a los antibióticos.


Fuentes y lecturas recomendadas

  1. NobelPrize.org: Sir Alexander Fleming – Biographical & Nobel Lecture (1945)
    Biografía oficial del comité Nobel y transcripción de su conferencia magistral sobre el descubrimiento de la penicilina y la advertencia de resistencia bacteriana.
  2. National Center for Biotechnology Information (PMC): On the Antibacterial Action of Cultures of a Penicillium (Fleming, 1929)
    Acceso abierto al artículo científico original publicado por Fleming en el British Journal of Experimental Pathology.
  3. Science History Institute: Sir Alexander Fleming and the Discovery of Penicillin
    Perfil histórico del Science History Institute sobre sus orígenes en Ayrshire, sus años en St. Mary’s y el desarrollo de los antibióticos.